martes, 15 de marzo de 2011

Sed Santos


«Sed Santos» es un imperativo para todo el que se ha encontrado con el Amor misericordioso y salvifico de Nuestro Señor Jesucristo, Hijo Unigénito del Dios Altísimo, en quien somos sus hijos por adopción.
"Pero cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley, para redimir a os que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos.
Y la prueba de que ustedes son hijos, es que Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo» ¡Abba!, es decir, ¡Padre! Así, ya no eres más esclavo, sino hijo, y por lo tanto, heredero por la gracia de Dios".
Gal. 4, 4-7
El motivo fundamental por el cual debemos ser santos es que Él, nuestro Dios, es santo. Es una especie de herencia, que los hijos deben «asumir» de su padre. Nosotros por Cristo la hemos heredado. El mismos Jesús nos dice:

«Sed santos como es Santo vuestro Padre celestial» (Mt 5,48).
Del mismo modo que cada padre desea transmitir a su hijo, junto con la vida, lo mejor de él, así el Padre celestial, que es Santo, quiere darnos su santidad.
Pero mientras que un padre y una madre terrenos transmiten lo que tienen, no lo que son, Dios, por el contrario, nos transmite también lo que es. El es Santo y nos hace santos; Jesús es Hijo de Dios y nos hace hijos de Dios como Él.
Lo primero que debemos hacer es, pues, restaurar en nuestro corazón y en nuestra mente la palabra «santidad» que tanto se ha deformado, quitando de nosotros todo lo que inspira miedo, presentándola como un ideal demasiado alto para criaturas hechas de carne y sangre como nosotros, como si hacerse santos significase renunciar a ser hombres o mujeres normales, plenamente realizados en la vida. Es éste un prejuicio que se ha apoderado de nosotros, debido quizá al hecho de que, en el pasado, se ha unido frecuentemente la santidad a realizaciones particulares y fenómenos extraordinarios.
La santidad del pueblo se nos presenta en la historia de la salvación, como la finalidad y el contenido de la misma. Al final de todo su peregrinar, Dios esperaba, al pueblo de Israel sobre la cima del monte Sinaí («Os he traído a mí») para comunicarle su santidad.

“Yahvé dijo a Moisés: Habla a toda la comunidad de los hijos de Israel y diles: Sean santos, porque yo, Yahvé, Dios vuestro Dios, soy Santo”.  Lv 19,1-2                                                                                                                                                   Y en el libro del Éxodo nos dice:
“Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa" (Ex, 19,4-6).
Pero es en el Deuteronomio donde comienza a clarificarse qué significa ser santos.
«Tú eres un pueblo consagrado a Yahveh tu Dios; Él te ha elegido a ti para que seas el pueblo de su propiedad personal entre todos los pueblos que hay sobre la faz de la tierra» (Dt 7, 66).
«Santo» significa, pues, «consagrado», es decir, elegido y separado del resto del mundo y destinado al servicio y al culto de Dios. Santo es todo lo que entra en una relación particular con Dios, después de haber sido separado de todo lo demás.
En Nuevo Testamento. San Pablo escribe:

«Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada» (Ef. 5, 25-27).
San Pedro lo dice, aplicando a los cristianos las palabras del Éxodo que hemos escuchado antes:

«Pero vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido» (1 P 2,9).
De aquí brota el gran mandato que leemos en la misma carta de Pedro

«Así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta, como dice la Escritura: "Seréis santos, porque santo soy yo"»(1 P 15-16).
Podemos hacer ya una observación importante. «Sed santos», más que un mandato, es un privilegio, un don, una concesión inaudita, una gracia. No es, como podría parecer, una obligación superior a nuestras fuerzas que Dios carga sobre nuestras espaldas, sino una herencia paterna que quiere transmitirnos.
Hemos de empezar enamorándonos de la palabra «santidad», de tal modo que, al oírla, no sintamos miedo, sino que vibren las cuerdas más profundas de nuestro ser y nos llene de santa nostalgia.
Nosotros estamos hechos para la santidad.
El hombre no es solo naturaleza humana, sino también naturaleza divina en Cristo que nos ha dado de su misma naturaleza, por lo tanto el hombre es también llamado a una vocación "la santidad".
Por lo tanto el hombre no sólo es lo que "es" desde su nacimiento, sino también lo que "está llamado a ser" desde su libertad, en la obediencia a Dios.
En la Escritura se nos dice que nosotros estamos "llamados a ser santos"

"saludan a la Iglesia de Dios que reside en Corinto, a los que han sido santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos, junto con todos aquellos que en cualquier parte invocan el nombre de Jesucristo, nuestro Señor, Señor de ellos y nuestro." (1 Co 1,2)
Somos "santos por vocación"

"A todos los que están en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos, llegue la gracia y la paz, que proceden de Dios, nuestro Padre, y el Señor Jesucristo." (Rm 1,7).
Hemos sido creados "a imagen de Dios", esta es nuestra verdadera naturaleza, y estamos destinados a ser "semejanza de Dios".

"Dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza". (Gn 1,26).
Y ésta es, según las Escrituras, nuestra verdadera vocación. Es por esto que san Pedro podía decir:

"Así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta". (1 P 15).
Ser santos significa, por la tanto, ser criaturas que se han realizado, logrado su cometido; por eso no ser santos significa fracasar. Lo contrario de "santo" no es "pecador", sino "fracasado".
Sabemos que se puede fracasar en la vida de muchas maneras. Un hombre puede fracasar como marido, como padre, como hombre de negocios, como político; una mujer puede fracasar como esposa, como madre, como educadora...; también un sacerdote puede fracasar de varias formas.
Pero se trata de fracasos relativos. Uno puede ser un fracasado desde todos estos puntos de vista y, sin embargo, continuar siendo una persona estimable, incluso un santo. Ha habido santos que, humanamente hablando, han fracasado en todos los frentes, expulsados incluso de la orden religiosa que ellos mismos habían fundado. No es así en nuestro caso. No hacerse santos es un fracaso radical, irremediable, "la única desgracia irreparable en la vida es no ser santos”
Un periodista le preguntó a la Madre Teresa de Calcuta qué se sentía al ser considerada por todo el mundo una santa.

Ella después de una silenciosa reflexión dijo: «Ser santos no es un lujo, es una necesidad».
Es cierto, ser santos no es opcional; es el deber primero y más grande que tenemos, pues todo cuanto Dios nos ha dado es para hacernos santos, ya que esa es la imagen y semejanza con la que nos creo: Su Santidad
Nosotros la perdimos la santidad por el pecado, Él nos devuelve por medio de la salvación en Cristo y con el envío del Espíritu Santo que nos capacita con todas sus gracias y realiza la tarea de santificarnos si colaboramos desde nuestra libertad y obediencia en el aprovechamiento de estas benditas gracias.
Por lo tanto luchemos con todo nuestro corazón y nuestra mente, con todo nuestro ser y las gracias recibidas contra las obras de la carne encontramos en la carta de san Pablo a los Gálatas
:
"Se sabe muy bien cuáles son las obras de la carne: fornicación, impureza y libertinaje,idolatría y superstición, enemistades y peleas, rivalidades y violencias, ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones y envidias, ebriedades y orgías, y todos los excesos de esta naturaleza. Les vuelvo a repetir que los que hacen estas cosas no poseerán el Reino de Dios. (Gal 5,19-21).
Hemos visto que, en su significado más antiguo, la palabra "santo" quiere decir separado, y nosotros debemos separarnos de nosotros mismos, de la carne y del mundo. San Pablo escribe:

"No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente" (Rm 12,2).
Después de decir "no os acomodéis al mundo presente", no nos pide "transformadlo", refiriéndose al mundo, sino que nos dice, "transformaos". No se trata tanto de transformar el mundo, sino que hemos de transformarnos nosotros, hemos de convertirnos, para que el mundo cambie.
La Escritura relaciona esta separación del mundo con la santidad:

"Como hijos obedientes, no os amoldéis a las apetencias de antes..., más bien, así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta" (1 P 1,4-15).
Los santos son los no se acomodaron ni se conformaron a las apetencias ni a las ofertas de este mundo, siendo por ello unos verdaderos revolucionarios.
Pero a este paso, ¿no caemos de nuevo en una visión de la santidad que da miedo? No. Esta es una invitación llena de alegría y de amor.
Si nosotros queremos vivir y amar a Dios, para ello debemos aprender a hablar y a escuchar su lengua. Dios habla la lengua del Espíritu, mientras que nosotros hablamos la de la carne.
Si nosotros hemos acogido en el corazón la invitación de Dios: "Sed santos". Nuestro único deseo es realizarlo. 
¿Desde dónde comenzar? No seremos santos sin el deseo ardiente de llegar a serlo. El deseo es la clave de la vida espiritual. Pero nadie puede concebir este deseo si no está movido e inflamado por el Espíritu Santo.
Como nos dicen dos Santos que lo experimentaron:
Según San Agustín:

"Toda la vida del hombre cristiano -dice- es un santo deseo" (S. Agustín)
Y San Buenaventura nos dice:
"Y esta es sabiduría mística y secretísima, que nadie la conoce, sino quien la recibe, ni nadie la recibe, sino quien la desea; ni nadie la desea, sino aquel a quien el fuego del Espíritu Santo, mandado por Cristo sobre la tierra, lo inflama hasta la médula" (S. Buenaventura).
Pidamos al Espíritu Santo que sople sobre nosotros con todo su poder como hizo el día de Pentecostés sobre los Apóstoles; que sea Él mismo el viento que que nos impulse y el fuego que nos inflame en ardiente deseo de "Santidad".
Que comprendamos que nuestra mayor confianza no está en el hecho de que seamos nosotros los que deseamos ser santos sino en que Dios lo desea más que nosotros. En el libro del Levítico, la invitación "sed santos, porque yo, el Señor, soy santo", nos dice en otra parte de las Escrituras de esta otra forma más consoladora para nosotros: Él no solo nos llama a ser Santos sino que es Él quien nos hace Santos.

"Yo soy Yahveh, que quiero haceros santos" (Lv 20,8)

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