miércoles, 16 de marzo de 2011

Yo Soy la Vid


«Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador.
Él corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía.
Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié.
Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.
Yo soy la vid, ustedes los sarmientos El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer.
Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde. La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos. Jn 15, (1-6), (8)

1.- ¿Qué significa esta unión?  

 “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos” Jn 15, 5

En este texto podemos ver como el Señor, en un momento tan importante y tan difícil como fue la noche de la Última Cena, revela con esta sencillez y claridad, y en pocas palabras a sus Apóstoles misterios tan profundos y tan sublimes.
Nos habla también a nosotros hoy, de una de las realidades más profundas a la que estamos llamados en nuestra vida: el misterio de nuestra inserción a Él por la gracia.
“Yo soy la Vid y vosotros los sarmientos”. Jn 15, 5
Nos está diciendo que estamos unidos a Él con un vínculo tan profundo y tan vital como los sarmientos están unidos a la vid. La vid da sarmientos.

El sarmiento es una parte de la vid, una especie de ‘emanación’ de la misma. Y por ambos corre la misma savia. Los sarmientos son, más bien, la prolongación de la vid. De esta manera, nuestra unión con Cristo es un designio de Dios que nos ha amado tanto que quiso hacernos partícipes de su naturaleza divina, como nos dice san Pedro en su segunda carta:
“Nos ha concedido lo más grande y precioso que se pueda ofrecer: ustedes llegan a ser partícipes de la naturaleza divina, escapando de los deseos corruptores de este mundo”. (2 Pe 1,4) 
2.-Cristo nos une profundamente a Él
¡No podía ser más íntima nuestra inserción a la persona de Cristo! Diría yo que es todavía más profunda y vital que la unión que existe entre la madre y el bebé que lleva en su seno. La criatura recibe todo de la madre: sangre, alimento, calor, respiración, pero el niño tiene que separarse de la madre en un momento dado para seguir viviendo y poder crecer y desarrollarse. Más aún, moriría si permaneciera en el vientre más tiempo del estrictamente necesario. En cambio con los sarmientos no sucede así, sino al revés: tienen que estar siempre unidos a la vid para seguir viviendo y para poder dar fruto.
 ¡Así de total y definitiva es nuestra unión y dependencia de Cristo!
La unión del amor que nos une a nuestro Señor Jesucristo es infinitamente más fuerte y poderosa que la cadena más gruesa e irrompible del universo. ¡Tan fuertes son las cadenas del amor! Pero todo ha sido por los méritos y la bondad de Cristo hacia nosotros.
 Ha sido su amor gratuito y misericordioso el que nos ha comprado y redimido, a través de su sangre preciosa como nos recuerda también el apóstol Pedro en su primera carta
“No olviden que han sido rescatados de la vida vacía que aprendieron de sus padres; pero no con un rescate material de oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha ni defecto. Dios pensaba en él desde antes de la creación del mundo, pero no fue revelado sino a ustedes al final de los tiempos”. (1Pe 1, 18-20)
Y nos ha unido indisolublemente a su persona y a su misma vida.
¡Qué regalo tan incomparable!
3.- Esta unión se puede romper
“Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.” Jn 15, 4
Jesús nos lo advierte porque nos conoce y nos ama.

“Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí”. Jn 15, 4
Esta unión se puede llegar a romper por culpa nuestra, por negligencia, por ingratitud, por soberbia o por los caprichos de nuestro egoísmo y sensualidad. Sí. Y en esto consiste el pecado: en rechazar la amistad de Dios y la unión con Cristo a la que hemos sido llamados por amor, por vocación, desde toda la eternidad, desde el día de nuestra creación y del propio bautismo. Y es que nuestro Señor no obliga a nadie a permanecer unido a Él. Respeta nuestra libertad y capacidad de elección, también porque nos ama. Un amor por coacción no es amor. Nadie, ni siquiera el mismo Dios, puede obligarnos a amar a alguien contra nuestra voluntad. Ni siquiera a Él. Nos deja en libertad para optar por Él o para darle la espalda e ir contra Él, si queremos. ¡Qué misterio!

¡Ah! Pero eso sí: si queremos tener vida en nosotros y llevar frutos de vida eterna, necesariamente tenemos que permanecer siempre unidos a Cristo. 

Las palabras de Cristo son clarísimas. Es imposible que un sarmiento apartado de la vid dé uvas, como tampoco puede dar manzanas una rama seca, separada del árbol. Un sarmiento así no sirve ya para nada, más que para tirarlo fuera y para hacer una hoguera.
"Yo soy la vid, ustedes los sarmientos El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, no podéis hacer nada." Jn 15, 5
Nos dice nuestro Señor no podéis hacer nada. Nada. ¡Cuánta necesidad tenemos de Él para poder vivir! Mucha más de la que el bebé tiene de su propia madre. Sólo si permanecemos unidos a Cristo, podemos hacer algo.
Ser cristianos significa ser  y estar unidos a Cristo.
En sentido estricto, no se es cristiano, sino que se hace uno cristiano permaneciendo unidos a Él a su Persona. El cristianismo no estriba en el ser, sino en el hacerse, como se hacen los discípulos mediante la comunicación sincera con la Palabra. Esto es una decisión personal de optar por seguir a Jesús y vivir en Él y como Él.
4.-Y, ¿cómo podemos permanecer unidos a Cristo?
Nuestra unión con Cristo debe ser en el Amor, de tal modo que esa sabia que circula desde la Vid a los sarmientos es el Amor. En la primera carta de Juan:
"Este es mi mandamiento: Ármense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. 

Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.                                                                                               
Estaremos seguros de conocerle si cumplimos sus mandamientos. Quien dice: «Yo lo conozco», pero no guarda sus mandatos, ése es un mentiroso y la verdad no está en él. En cambio, si uno guarda su palabra, el auténtico amor de Dios está en él. Y vean cómo conoceremos que estamos en él: si alguien dice: «Yo permanezco en él», debe vivir como él vivió." (1Jn 2, 3-6)
"Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor. Como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor." Jn 15, 9-10
5.-Unión entre los sarmientos fruto primero de la unión con Cristo 
San Juan en si primera carta nos sigue instruyendo en este sentido: este sentido:

"Se lo doy como un mandamiento nuevo, que se hace realidad tanto en ustedes como en Jesucristo; ya se van disipando las tinieblas y brilla la luz verdadera. Si alguien piensa que está en la luz mientras odia a su hermano, está aún en las tinieblas. El que ama a su hermano permanece en la luz y no hay en él causas de tropiezo. En cambio, quien odia a su hermano está en las tinieblas y camina en tinieblas; y no sabe adónde va, pues las tinieblas lo han cegado." 1Jn 2,7-11

En el evangelio de Juan, “dar fruto” significa cumplir la enseñanza de Jesucristo, hacer realidad el reinado de Dios, que es un Reino de Amor, para que se manifieste lo que ha sido sembrado en la muerte de Cristo: la salvación del mundo, que es la gloria y la alegría del Padre (el “labrador”).

Unidos a Cristo y viviendo como Él que es la Palabra nos vamos transformando limpiando, por eso él mismo nos dice: “Vosotros estáis limpios por las palabras que os he dicho”; todo lo que Jesús ha ido diciéndoles ha ido podando, limpiando a sus discípulos; por eso, les dice que ahora están limpios; mientras Jesús está para morir, sus discípulos tienen aún mucha vida por delante; de ahí el interés y la insistencia de Jesús en que ellos sigan con él, permanezcan en él; siete veces se menciona el verbo permanecer, esa permanencia y unidad constituyen el punto central del estas palabras de Jesús.

Jesús vive y es para todos los creyentes el único autor de la vida, que lleva la savia y mantiene unidos los sarmientos; Jesús es la cepa, la raíz y el fundamento de la “viña del Señor”. Entre los sarmientos y la vid hay una comunión de vida con tal de que permanezcan unidos a la vid, así, se alimentan, crecen y dan fruto.

Jesús es la vid verdadera en el sentido de que es él quien da la auténtica vida, la que proviene de Dios, la que encuentra su fuente en el Padre. La vid de la Nueva Alianza produce un fruto abundante que se llama amor; un amor a los hombres idéntico al que el Padre siente por ellos; un amor “podado”, purificado del egoísmo, un amor que sólo se logra participando del amor de Cristo, representado en la comunidad. En la realidad del vino eucarístico se dan cita, a la vez, el amor de Dios, que amó tanto a los hombres que les entregó su Hijo y la fidelidad humana de Jesús, “limpio” de todo egoísmo.El sarmiento que no da fruto es el que pertenece a la comunidad, pero no responde al Espíritu de Jesús, no se asimila a Jesús; es el sarmiento que no muestra la vida que se le comunica y el Padre, que cuida de su viña, lo corta; es un sarmiento inútil, que no pertenece a esa vid.


Quien practica el amor, tiene que seguir un proceso ascendente, un desarrollo, que es posible mediante esta poda que el Padre hace. Es la limpieza del corazón del discípulo de Cristo, que, eliminando la sequedad, reverdece y hace que sea cada vez más auténtico, más libre para amar, menos esclavo de sí mismo, con mayor capacidad de entrega y por tanto de eficacia.

La fórmula “permaneced en mí y yo en vosotros” define la relación del discípulo con Jesús en una reciprocidad personal que es la condición indispensable para dar fruto; la unión con Jesús es decisión del hombre y, a esa iniciativa, corresponde la fidelidad de Jesús “yo permaneceré en vosotros”. El que vive unido a Cristo, conoce por la oración, cuál es el plan de Dios y es movido a realizarlo y da fruto abundante. La gloria del padre se ha manifestado plenamente en Jesús, que conocía su voluntad y la realizó, y ahora debe manifestarse en los discípulos de Cristo, que, unidos a El, son capaces de dar mucho fruto.
"La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos." Jn 15, 8                                                                                                                  "yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre. No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá. Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros." Jn 15, 15-17

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